El extraño caso del "Cangurito"
Hoy he estado recordando una vieja historia que llegó a mis manos hará hoy unos 9 años y que refleja un poco lo duro que es ser madre o padre.
Los padres siempre deben encontrar un equilibrio sano para educar a sus hijos y deben comprender que ellos deben vivir sus propios errores, tropezar y caer para aprender a caminar bien por la vida.
Por su parte los hijos debemos tener un criterio propio, personalidad. A veces los padres nos sobreprotegen, y somos los hijos los que debemos abrirles los ojos.
Los padres siempre deben encontrar un equilibrio sano para educar a sus hijos y deben comprender que ellos deben vivir sus propios errores, tropezar y caer para aprender a caminar bien por la vida.
Por su parte los hijos debemos tener un criterio propio, personalidad. A veces los padres nos sobreprotegen, y somos los hijos los que debemos abrirles los ojos.
El extraño caso del "Cangurito"
Cangurito se asomó al exterior desde el bolsillo de mamá Cangura.
-¡Qué grande es el mundo!- exclamó con admiración - ¿Cuándo me dejarás salir a recorrerlo?
-Yo te lo enseñaré sin necesidad de que salgas de mi bolsillo- dijo mamá Cangura pasándole la lengua por el fino pelaje-. No quiero que te juntes con malas compañías ni que te expongas a los peligros del bosque. Yo soy una cangura responsable y decente.
Cangurito lanzó un suspiro y permaneció en su escondrijo sin protestar.
Ocurrió que Cangurito, como todos los canguros, empezó a crecer y a desarrollarse, y lo hizo de tal manera que el bolsillo de mamá Cangura comenzó a descoserse por las costuras.
-¡Te prohíbo seguir creciendo!- dijo con energía mamá Cangura. Y Cangurito, que era la criatura más obediente del mundo, dejó de crecer en aquel instante.
Dentro del bolsillo de mamá Cangura, comenzó Cangurito a hacer preguntas y preguntas acerca de todas las cosas que veía. Era un animalito inteligente y demostraba una clara vocación de científico.
Pero a mamá Cangura le molestaba no encontrar a mano las respuestas necesarias para satisfacer la curiosidad de su cachorro.
-¡Te prohíbo que vuelvas a hacerme más preguntas!- dijo finalmente mamá Canguro.
Y Cangurito, que cumplía a la perfección el cuarto mandamiento, dejó de preguntar y se le puso cara de cretino.
Un buen día las cosas estuvieron a punto de volver a sus cauces normales. Ocurrió que Cangurito, asomado como siempre al bolsillo delantero de mamá, vio cruzar ante sus ojos una cangurita de su misma edad. Era el ejemplar más hermoso de su especie.
-Mamá- exclamó con voz emocionada-, quiero casarme con la cangurita.
-¿Quieres abandonarme por una cangura cualquiera? ¡Este es el pago que das a mis desvelos!
Y con más energía que nunca, mamá Cangura dio una orden:
- ¡Te prohíbo que te cases!
- Y Cangurito no se casó.
Cuando mamá Cangura se murió, vinieron a sacar a Cangurito del bolsillo delantero de la difunta. Era un animal extrañísimo. Su cuerpo era pequeño como el de un recién nacido, pero su cara comenzaba a arrugarse como la de un animal viejo. Apenas tocó la tierra con sus patas, su cuerpo se bañó de un sudor frío.
-¡Tengo miedo a la tierra!- dijo-. Parece que baila a mi alrededor.
Y pidió que le metiesen en el tronco de un árbol.
Cangurito pasó el resto de sus días asomando el hocico por el hueco del tronco. De cuando en cuando se le oía repetir en voz baja:
-Verdaderamente, ¡qué grande es el mundo!
“En el oficio de los padres, la parte más difícil no consiste en la entrega de la vida a los hijos, sino en la entrega de la libertad”